El deber por encima del miedo: El silencio y el valor de las enfermeras en la Guerra de Malvinas

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Microfono Abierto

“No podíamos decir ‘tengo miedo, quiero volver’; en la vida militar las órdenes no se cuestionan”. Con esa premisa, Alicia Mabel Reynoso define el temple que ella y sus compañeras debieron sostener durante el conflicto del Atlántico Sur. Reynoso fue una de las 14 enfermeras de la Fuerza Aérea Argentina que prestaron servicio operativo en la guerra. Durante décadas, su labor fue invisibilizada por la historia oficial, pero hoy su lucha se centra en rescatar del olvido el rol fundamental de las mujeres en el frente.

El despertar en la realidad de la guerra

Alicia, oriunda de Gualeguaychú y hoy de 70 años, integró en 1980 la primera promoción de mujeres de la Fuerza Aérea, una «prueba piloto» en un ámbito históricamente masculino. Tras formarse en Santa Fe y especializarse en el Hospital Aeronáutico Central, el destino la llevó a Comodoro Rivadavia en abril de 1982.

Al llegar al hospital desplegado por el Ejército, el choque con la realidad fue brutal. Un oficial le preguntó por la disponibilidad de «bolsas», y al abrir una puerta, Alicia se encontró con los depósitos mortuorios. «Ahí comprendí que, aunque yo vine a recuperar heridos, ellos ya estaban pensando en los muertos», recuerda. En la cabecera de pista del aeropuerto, montaron un hospital móvil de 11 módulos —tecnología adquirida a EE.UU. tras la guerra de Vietnam— que contaba con quirófano, terapia intensiva y planta potabilizadora.

Operativas en el frente: El fragor del combate

El 1 de mayo de 1982, tras los primeros bombardeos, la labor se volvió frenética. Alicia explica que, bajo el código de justicia militar de una dictadura, tenían todas las obligaciones y ningún derecho. «Si alguien lloraba, debía hacerlo a escondidas. Frente a los heridos, la fortaleza era obligatoria», relata.

Con apenas 23 años, las enfermeras no solo curaban heridas físicas; también se convertían en figuras maternas para soldados de 18 años que, en medio del dolor, clamaban por sus madres. La dinámica era la de «cama caliente»: apenas un herido era estabilizado, se lo trasladaba en vuelos nocturnos a baja altura hacia hospitales en otras provincias para liberar plazas ante la llegada inminente de nuevos aviones sanitarios. «Volar en esos cielos significaba el riesgo constante de no ser reconocidos ni por la propia tropa», añade.

El combate contra el olvido post-guerra

Tras el cese de hostilidades, comenzó otra batalla: la de la visibilidad. Mientras los hombres que cumplieron las mismas tareas en el mismo hospital móvil recibieron reconocimientos al retirarse, las mujeres fueron ocultadas. Alicia continuó su carrera en la Fuerza Aérea hasta jubilarse en 2021 tras 42 años de servicio, pero fue en 2009 cuando decidió levantar la bandera de la memoria.

Esa decisión le valió ser tildada de «loca» o «mitómana» por pares y superiores. Su experiencia quedó plasmada en el libro Crónicas de un olvido. Mujeres enfermeras en la Guerra de Malvinas. Alicia denuncia que la discriminación de género fue el motor del silenciamiento: «La guerra y la muerte nos igualaba a todos los que estábamos ahí, pero la historia nos quiso esfumar».

El reconocimiento y la herida abierta

Tras una década de litigios y militancia, Reynoso logró que su DNI la acreditara como excombatiente y heroína de la Guerra de Malvinas. Su historia también llegó a la pantalla con el documental Nosotras también estuvimos. Sin embargo, señala que aún quedan diez compañeras sin el reconocimiento pleno que merecen y que el ninguneo institucional persiste bajo frases como «no te pasó nada».

«Me pasó una guerra por la cabeza a los 23 años», responde Alicia. Su lucha hoy es por la memoria completa, para que los nombres de aquellas mujeres que defendieron a la patria no se pierdan en el relato patriarcal de la historia nacional.

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