Cine nacional: «La virgen de la tosquera» y el arte de filmar el miedo

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Microfono Abierto

La cineasta Laura Casabé se apropia de la narrativa de Mariana Enríquez para construir un relato de iniciación que logra una amalgama perfecta entre lo siniestro y el imaginario popular.

Estructurada como una adaptación de dos relatos de Mariana Enríquez pertenecientes al volumen Los peligros de fumar en la cama (Editorial Anagrama), La virgen de la tosquera se posiciona como el nuevo hito del cine de terror nacional. No obstante, su propuesta estética y narrativa desborda los límites convencionales del género. La historia se centra en Nati, una adolescente del conurbano bonaerense que, tras finalizar sus estudios secundarios, proyecta el verano ideal junto a Diego, el joven por quien siempre ha suspirado. Sin embargo, la realidad impone una lógica implacable: es el inicio de 2002 y, en una Argentina post-crisis, todo lo que amenaza con fallar está destinado a la catástrofe.

El conflicto se desata con la irrupción de Silvia, una mujer algo mayor a quien Diego contacta mediante ICQ —ese vestigio tecnológico previo a la era de la mensajería instantánea—. Sin previo aviso, Silvia se integra al círculo de amigos que Nati comparte con dos hermanas de apariencia casi idéntica. Ella encarna un elemento disruptivo que no solo desestabiliza la armonía grupal, sino que, al evidenciar su interés por Diego, se convierte en la antagonista directa de las ilusiones de Nati.

La película de Casabé reconstruye con maestría visual el clima de opresión que caracterizó a la sociedad argentina tras los eventos de diciembre de 2001. Quienes transitaron aquel periodo reconocerán en la pantalla una angustia corporalizada; ese sentimiento de desamparo donde el colapso institucional y social era una presencia constante. La directora capitaliza esta carga histórica para tejer una tensión in crescendo, apoyada en un uso riguroso del diseño sonoro, una fotografía expresiva y un montaje que funciona como el pulso mismo del drama.

En el personaje de Nati se amalgaman las pulsiones hormonales propias de la adolescencia con la inestabilidad sociopolítica de una época trágica. Esta combinación genera un cóctel emocional devastador que termina por exponer sus facetas más sombrías. El filme logra sincronizar estas dos «bombas de tiempo» —la esfera de lo privado y la urgencia de lo público— para sostener al espectador en un estado de inquietud permanente.

Probablemente, el triunfo más significativo de La virgen de la tosquera sea su capacidad para integrar lo sobrenatural con lo sociológico. Aquí, el horror no solo emana de fuerzas ocultas, sino que se filtra desde un «fuera de campo» social perfectamente identificable. De allí emergen, con una ferocidad mayor a la de cualquier espectro, la violencia de clase, la fragmentación familiar, la apatía colectiva y la pobreza transmutada en amenaza. Por encima de todo, destaca la presencia de la «mano invisible» de un mercado que tritura y devora; quizás el monstruo más aterrador de toda la cinta.

Con estos cimientos, la obra ratifica que el terror argentino alcanza su mayor lucidez cuando comprende que las cicatrices de la memoria reciente son el territorio más fértil para el género. En este sentido, el guion de Benjamín Naishtat resulta vital. Su labor es sólida tanto en la progresión dramática como en la creación de analogías entre la ficción y la realidad histórica, sirviendo de base para la precisa puesta en escena de Casabé.

No es circunstancial que Naishtat sea el artífice de títulos como Historia del miedo (2014) o Rojo (2018), donde ya exploraba las tensiones sociales como motor del desasosiego. Es precisamente en ese cruce, junto a la herencia atmosférica de La ciénaga de Lucrecia Martel y la crudeza del cine de Demián Rugna, donde debe rastrearse la genealogía de esta película, una pieza fundamental para entender el cine de género contemporáneo en la región.

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