Aunque celebró sus 38 años el pasado sábado, Ángel Di María se despliega en el campo con la jerarquía que lo distinguió en la élite europea. Su actuación fue la piedra angular para que Rosario Central venciera 2-0 a Barracas Central, sellando el resultado con una definición de antología.
Si desde alguna oficina se pensó que el retorno de «Fideo» al fútbol argentino debía legitimarse mediante fallos arbitrales polémicos o galardones improvisados, el propio Di María se encargó de refutar esa idea en el Gigante de Arroyito. Con la energía de un juvenil que busca dar el salto a Europa, su golazo fue apenas el cierre de una exhibición de puro «potrero».
En un contexto ideal, sin las constantes controversias que rodean a la liga ni los posteos desafiantes de las autoridades sobre la «liga de los campeones del mundo», un cruce entre el «Canalla» y el «Guapo» sería simplemente un atractivo cierre de domingo. Serviría para disfrutar de un Di María cuya vigencia remite directamente a esa versión determinante que ayudó a la Selección Nacional a bordar su tercera estrella.
Sin embargo, el clima previo estuvo marcado por la suspicacia. Se enfrentaban dos equipos frecuentemente señalados por decisiones arbitrales favorables. Si bien Barracas ha convivido con estas polémicas desde su ascenso, el mar de dudas también alcanzó a la estrella mundial tras su regreso a Central. Desde penales discutidos hasta la entrega de un inédito título de «Campeón de Liga» por liderar la tabla anual 2025, el festejo por su vuelta se había transformado, en ciertos sectores, en indignación. Por fortuna para el deporte, el duelo transcurrió sin anomalías externas.
El juego y el criterio arbitral
La tensión física se hizo presente desde el inicio. Apenas cumplidos los cinco minutos, Facundo Bruera agredió a Gastón Ávila con un empujón alevoso al rostro. Pese a la claridad de la falta, el asistente Gabriel Chade avaló la acción indicando un golpe en el pecho que nunca ocurrió. Ante la falta de sanción, Ávila respondió poco después con un brazo en alto sobre el rostro de Bruera; un «ajuste de cuentas» que los jueces dejaron pasar, equilibrando la impunidad de ambos lados.
Más allá de los roces, el fútbol fue propiedad exclusiva del equipo de Jorge Almirón. Di María fue el eje absoluto del juego: imparable en el traslado, preciso en la gambeta y poseedor de una visión que sus compañeros no siempre supieron capitalizar para ampliar la ventaja.
El dominio y el broche de oro
La superioridad de Central se acentuó en el complemento. A los 12 minutos, un centro de Giménez fue conectado por la zurda de Di María con una volea que reventó el ángulo. Del rebote nació un nuevo envío de Sandez que Enzo Copetti transformó en gol de cabeza tras ser habilitado por Kevin Jappert. El VAR añadió suspenso al validar la jugada, pero el grito finalmente se desató en Arroyito. Posteriormente, otra genialidad de «Fideo» dejó a Alejo Véliz frente al arco, aunque el juvenil falló inexplicablemente su definición.
El destino, sin embargo, le tenía reservado el cierre al protagonista de la tarde. A los 44 minutos, Di María capturó un rebote en el borde del área, encaró mano a mano a Miño y, como si el tiempo no pasara, definió «pinchándola» por encima del arquero. Fue el regalo perfecto para sus 38 años y el sello para la primera victoria de Central en casa en este certamen.
Quedó claro en Arroyito que, para brillar en el fútbol argentino, a Ángel Di María no le hacen falta favores ni penales; le basta con su talento.