Frente a una proyección de casi 50 millones de toneladas, las ventas al 15 de abril no llegan al décimo del total. El sector productivo desestimó los argumentos de Vladimir Werning, vicepresidente del Banco Central, quien intentó incentivar la comercialización.
El sector agropecuario se mantiene expectante sobre la supercosecha de soja, limitando sus ventas estrictamente a lo necesario para cubrir la operatividad del negocio. El malestar se centra en dos variables que representan el mismo dilema: un tipo de cambio percibido como retrasado y una carga tributaria vía derechos de exportación que consideran excesiva.
En este escenario, el ministro Luis «Toto» Caputo afronta una necesidad acuciante de divisas para cumplir con los compromisos de deuda externa. Ante esta urgencia, Vladimir Werning buscó persuadir a los productores durante una presentación en Washington, sosteniendo que la coyuntura actual —marcada por una brecha cambiaria reducida, retenciones menores en términos relativos, precios internacionales sostenidos y un mercado cambiario previsible— hace que vender la oleaginosa sea hoy un negocio conveniente.
Werning presentó estos puntos mediante gráficos precisos diseñados para una exposición impecable. No obstante, la perspectiva del productor es distinta: su análisis se basa en la rentabilidad neta tras descontar arrendamientos, insumos, deudas acumuladas y la inversión necesaria para el ciclo venidero. Bajo esa óptica, la ecuación económica dista de ser ideal.
Esta tensión afecta el núcleo del programa oficial, que depende de la liquidación de la cosecha para robustecer las reservas y estabilizar la moneda. Mientras el Gobierno defiende un precio teórico, el campo alega que la realidad del resultado económico es otra. Si el motor más dinámico de la economía no encuentra incentivos, el ingreso de dólares podría demorarse mucho más de lo previsto en las proyecciones de la Casa Rosada.
El contraste entre el «Excel» oficial y la rentabilidad real
El Banco Central sostiene que, al valuar el precio doméstico neto de retenciones al tipo de cambio paralelo, el productor recibe hoy uno de los valores más altos de la gestión actual. La tesis oficial se fundamenta en cuatro pilares: la baja de retenciones efectivas (del 33% al 26%), la reducción de la brecha, la unificación cambiaria y un precio internacional de la soja estable entre los 420 y 427 dólares por tonelada.
Sin embargo, desde el sector agrario consideran que esta lectura es sesgada. Germán Iturriza, consultor de referencia en el rubro, señaló que esos indicadores muestran solo una faceta de la realidad. «El productor puede ver esos gráficos y reírse; aunque no sean falsos, retratan apenas una parte de la historia. La macro puede estar más ordenada y sin brecha, pero el resultado final de la operación no rinde en términos económicos», explicó.
Iturriza destacó que desde noviembre la inflación en pesos erosionó los márgenes, mientras que el tipo de cambio nominal avanzó a un ritmo menor. Aunque Chicago marque valores razonables, el productor nota que el «bolsillo» se achica. «Hoy se vende una soja a 420.000 pesos cuando en noviembre pudo haberse vendido a 500.000. Ese diferencial impacta directamente en la capacidad de pago de alquileres e insumos», advirtió el especialista, poniendo el foco en la renta final y no solo en el precio de pizarra.
La soja como moneda de cambio y refugio
El dato que más preocupa a los mercados es el ritmo de ventas: al 15 de abril, solo se comercializaron menos de 5 millones de toneladas de las 50 millones previstas. Este 10% de liquidación es un mensaje político del productor. Curiosamente, la conducta no es de una negativa total, sino selectiva. El agro está liquidando con fuerza maíz (23 millones de toneladas frente a las 13 millones del año pasado) y girasol (1 millón de toneladas declaradas contra 60.000 en el mismo periodo anterior), además de mantener un buen ritmo con el trigo.
La señal es inequívoca: el campo no se atrinchera sobre toda su producción, sino específicamente sobre la soja. En las cooperativas y mesas de negocios se interpreta que muchos esperan una mejora en las condiciones, ya sea una baja adicional de retenciones o algún estímulo cambiario. El antecedente de cambios frecuentes en las reglas de juego durante el último año alimenta la expectativa de que esperar puede rendir frutos.
Impacto industrial y nubarrones para la próxima campaña
Esta retención afecta también a la industria de molienda. Ante la escasez de materia prima local, las plantas recurren a la soja paraguaya bajo el régimen de importación temporal, perdiendo el impulso que tuvieron a fines de 2025 cuando los derechos de exportación llegaron a cero.
Lo más alarmante, según Iturriza, es la proyección del próximo ciclo. Los costos de producción han escalado: la urea subió entre un 50% y 60%, y el gasoil ha tenido incrementos significativos. Al proyectar la siembra de trigo o maíz, incluso los productores más eficientes se encuentran con márgenes negativos o extremadamente ajustados debido al encarecimiento de los insumos dolarizados y la inflación interna en pesos.
En conclusión, el conflicto con la visión de Werning y el Banco Central reside en una falla de diagnóstico: el Gobierno mejoró un precio relativo, pero el negocio integral se ha deteriorado. Mientras el Excel oficial muestra ingresos optimistas en dólares, el productor enfrenta una rentabilidad que se desvanece entre costos logísticos, fertilizantes más caros y una estructura de gastos que no se compensa con el tipo de cambio actual.