El pasado año se consolidó como el segundo periodo con mayores ventas externas en la historia nacional. Las dinámicas geopolíticas y los retos del comercio global definirán el nuevo escenario, en el marco de una trayectoria exportadora oscilante durante lo que va del siglo.
Tras un 2025 en el que Argentina habría alcanzado su segundo hito histórico en materia de exportaciones, la evolución del comercio exterior para 2026 estará supeditada a factores críticos: la implementación del acuerdo comercial con Estados Unidos, la maduración de proyectos en energía y minería, y la volatilidad de las cotizaciones internacionales. Todo esto en un tablero global donde ganan terreno el friendshoring y el nearshoring, priorizando el intercambio con naciones aliadas políticamente o cercanas en términos geográficos.
El convenio comercial con EE. UU., cuyos detalles finales aún no se han divulgado, responde precisamente a esta lógica de alineamiento. En contraposición, las recientes restricciones impuestas por China a la carne argentina revelan una faceta compleja: pese a que el gigante asiático acumula un superávit comercial con Argentina de casi USD 100.000 millones desde 2008 —cifra que se superará este trimestre—, Beijing aplica políticas de protección para su producción doméstica. Esto desplaza a China de la categoría de «mercado garantizado» para los productos locales.
Si la administración de Javier Milei replicara una postura similar, el flujo de manufacturas chinas hacia el país enfrentaría serias limitaciones. Según el último informe de la «Fundación Observatorio Pyme», el 37% de las pequeñas y medianas industrias argentinas se percibe perjudicado por las importaciones, y más del 73% de este grupo identifica a China como su mayor «amenaza importadora». En términos prácticos: 4 de cada 10 pymes industriales ven en riesgo su subsistencia por la competencia externa, y 3 de esas 4 señalan al gigante asiático como el responsable del peligro.
¿Persiste el atraso cambiario?
El desempeño exportador de 2025 superó las expectativas negativas derivadas de las críticas sobre el «atraso cambiario». El Ejecutivo decidió no profundizar esa brecha al establecer que, desde enero, el límite superior de la banda cambiaria se indexará por inflación. El tipo de cambio real actual, que bajo este esquema quedaría estabilizado, se sitúa por encima de casi cualquier registro de 2025, lo cual, en teoría, fortalecería el saldo comercial positivo durante el presente año.
De acuerdo con una investigación liderada por Marcelo Elizondo —director de la consultora DNI y titular de la International Chamber of Commerce en Argentina—, aunque las cifras definitivas de diciembre se publicarán a fines de enero, las exportaciones anuales habrían escalado a USD 86.500 millones. Este resultado fue posible gracias a un incremento del 28% en el volumen de envíos, compensando un entorno de precios desfavorable que registró una caída promedio del 3%.
Este logro cobra relevancia si se considera que Argentina, a pesar de las reducciones arancelarias de la gestión Milei, persiste como uno de los escasos países que gravan las ventas externas con «derechos de exportación». A esto se suma la demora en el reintegro de impuestos como el IVA, Ingresos Brutos y otras tasas locales, que castigan especialmente a las cadenas productivas de mayor valor agregado. En esencia, la estructura actual implica que el país continúa exportando carga tributaria.
El informe de Elizondo subraya que el récord absoluto se mantiene en 2022, con USD 88.447 millones, aunque aquel valor estuvo impulsado por precios internacionales sustancialmente superiores. El índice de términos de intercambio del Indec refleja que, tras oscilar entre 79 y 86 puntos a finales de los noventa, el valor escaló durante los años del kirchnerismo hasta un pico de 144,8 en 2012. Tras un periodo de estabilidad relativa entre 125 y 135 puntos, volvió a tocar un máximo de 144 en 2022. Esta última cifra anual, incluso, no alcanza a reflejar el impacto total del salto en el precio de los alimentos derivado de la invasión rusa a Ucrania, que coincidió con el apogeo de las exportaciones primarias nacionales.
Durante la primera década del siglo, el «efecto Real» fue determinante. Mientras que la devaluación brasileña de 1999 fue un golpe de gracia para la Convertibilidad, el proceso inverso iniciado en 2003 —con una fuerte apreciación de la moneda vecina— actuó como un propulsor para Argentina. El incremento del PBI en dólares de Brasil, principal socio del Mercosur, generó una tracción fenomenal sobre la economía y las ventas externas argentinas.
La proyección de Elizondo para el cierre de 2025 es cautelosa. Contempla el adelantamiento de ventas del agro ocurrido en octubre durante la ventana de «retenciones cero» y proyecta USD 7.000 millones para diciembre, una cifra conservadora comparada con el resto del año. Bajo estos parámetros, el superávit comercial de 2025 cerraría en USD 10.300 millones.
Participación en el comercio global
Pese a estos números, Argentina no ha logrado elevar su peso en el comercio mundial de bienes y servicios, manteniéndose en un marginal 0,3%. En contraste, la Unctad estimó que el intercambio global creció un 7% en 2025, a pesar de los focos de proteccionismo. El dinamismo geográfico provino principalmente del Sudeste Asiático, África y los flujos Sur-Sur, mientras que la electrónica lideró el crecimiento tecnológico por encima de los sectores energético y automotriz.
La fragmentación geopolítica está redibujando los mapas comerciales. En este sentido, los investigadores Julieta Zelicovich y Nicolás Sidicaro desarrollaron el «Índice de Exposición al Riesgo Geoeconómico por Producto (IEGP)». Esta herramienta evalúa la vulnerabilidad de la oferta exportable argentina ante posibles crisis geopolíticas, identificando productos cuya alta concentración de mercado en socios de riesgo expone al país a choques externos.
Este riesgo es crítico en productos que representan más del 1% del total exportado y dependen de pocos compradores. Según los académicos, 14 productos concentran el 33,9% de las ventas externas y son los principales vectores de riesgo por su sensibilidad a decisiones políticas unilaterales. En esta lista se encuentran el gas natural, la soja y sus derivados, vehículos, carbonato de litio, oro, trigo y cebada.
Perspectivas y señales para el futuro
El impacto final de estas variables se revelará con el tiempo, pero ya existen indicios claros sobre el rumbo de 2026:
- Acentuación del alineamiento: El friendshoring será la norma. El acuerdo con EE. UU. permitirá, por ejemplo, multiplicar por cuatro o cinco la cuota de carne argentina con arancel mínimo (actualmente de 20.000 toneladas).
- Vaca Muerta y el factor Venezuela: El potencial exportador energético podría verse limitado por precios a la baja. La intervención de EE. UU. en Venezuela y la postura de Donald Trump sobre la gestión de dicho país sugieren un aumento de la oferta petrolera global y una menor dependencia de Oriente Medio. Esto presionaría los precios a la baja y consolidaría un bloque regional más cohesionado con Washington y distanciado de China.
- Minería y RIGI: El desempeño minero dependerá de los precios del oro y la plata, junto con el crecimiento del litio. Los proyectos de cobre, a pesar del auge de sus precios en 2025, recién exportarán hacia 2028, aunque este año se espera que las inversiones bajo el RIGI comiencen a dinamizar el ingreso de divisas.
- El rol del agro: Ante este panorama de transición energética y minera, el sector agroindustrial continuará siendo, en el corto plazo, el pilar fundamental para la generación de divisas en la economía argentina.