24 de marzo: A 50 años del golpe, que el paso del tiempo no borre la memoria

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Microfono Abierto

A cinco décadas del inicio de la última dictadura militar, la sociedad argentina sostiene una lucha determinante por preservar la memoria frente al avance natural de los años. Aunque el terrorismo de Estado concluyó en 1983, las secuelas de aquel periodo permanecen presentes en cientos de historias marcadas por la desaparición forzada, la apropiación de menores y la búsqueda incansable de restos. En la actualidad, el principal obstáculo para completar el rompecabezas de la historia no es solo la impunidad de los responsables, sino la finitud del tiempo que amenaza con llevarse testimonios y evidencias fundamentales.

Desde aquel 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas interrumpieron el orden democrático, se puso en marcha una maquinaria represiva que dejó miles de víctimas y desarticuló el tejido social e institucional del país. Hoy, el trabajo de los organismos de derechos humanos y la justicia se concentra en espacios emblemáticos como la ex ESMA, donde la labor forense y judicial intenta dar respuesta a las preguntas que aún permanecen abiertas. La restitución de la identidad sigue siendo una de las deudas más profundas, como lo demuestran casos recientes de personas que, décadas después, logran conocer su origen biológico tras haber sido apropiadas al nacer, reparando así una parte esencial de la memoria colectiva.

La labor de Abuelas de Plaza de Mayo y del Equipo Argentino de Antropología Forense resulta crucial en esta etapa, especialmente ante el recambio generacional de quienes iniciaron las búsquedas. Con 140 casos de nietos recuperados y aproximadamente 300 que aún restan localizar, la urgencia científica se combina con el desarrollo tecnológico para identificar restos en centros de detención como La Perla, en Córdoba. Estos hallazgos, aunque traen alivio, a menudo exponen la crueldad del pasado, como sucede con identificaciones que aún no logran precisar la identidad individual entre familiares desaparecidos, manteniendo heridas que la ciencia intenta sanar mediante la genética y el archivo judicial.

En el ámbito judicial, la Argentina ha logrado más de 1.200 condenas por crímenes de lesa humanidad, pero los procesos enfrentan la dificultad creciente de reunir pruebas ante la desaparición física de testigos y la degradación de documentos. Causas de gran magnitud, como la del Primer Cuerpo del Ejército, continúan avanzando bajo la premisa de que la justicia es una forma de reparación necesaria para el Estado de derecho. Al cumplirse 50 años de aquel quiebre institucional, la memoria se consolida no solo como un ejercicio de recordación, sino como una advertencia vigente sobre las consecuencias de la suspensión de las garantías democráticas y la importancia de sostener la búsqueda de la verdad hasta las últimas consecuencias.

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